las cartas

Suspirás con hartazgo porque vivís respirando aire pesado, concentrado en una casa en la que ya llevás demasiados años y que, por derecho, es tuya.

Me mirás muy atentamente para la cantidad de pastillas que tenés en tu sistema, y sos muy inteligente para este mundo, por eso es que nunca alguien te dejó mostrarlo. Tus palabras se renuevan cada vez te veo y me parecés increíble, casi tanto como la gigantesca colección de libros que tenés repartida por todos los estantes de la casa y de tu mente.

Si tan sólo tus pies no te traicionaran en cada paso, si tus tobillos pudieran soportar el peso de esas cartas, si tu mente no se diera vuelta de un lado al otro en el lapso de unos meses y pudiera, simplemente, mantener el espectro constante: podrías comerte el mundo. 

Si no hubieras dejado a los perros destrozarte las ropas quizá hoy tendrías el mundo en tus manos, el rosario lejos de la habitación, tus ojos un poco más brillantes.

Te veo y me destrozo, porque entre tanta agua turbia veo, a la lejanía, agua dulce. Agua que, después de tantos años calmó mi sed en una sola mañana, cuando jugábamos con las plantas, y yo creía que, por fin, después de tanto tiempo, te habías sanado.

Las leo y es como si me desvaneciera, porque en mi inocencia no veía tu culpa, tus penas, tus ganas de seguir aunque estuvieras muerta.

Creía que estarías, pero nunca pasó, por lo que recostada en un colchón apoyado en la pared miré al cielo, pidiéndole a todos los semi-dioses de los que me habías contado que esa pausa infinita llegara a su final.

Pasan los años y todavía no termina.

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